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Textos escritos por Fernando Osorio Zumarán

Nabud Ismael

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Cerca de la Estación de Desamparados,
En una esquina impar del Centro Histórico
Hay una feria ambulante de libros y otros objetos en desuso.
Un tipo con pantalón bombacho verde esmeralda,
Camisa blanca de mangas anchas
Y bonete morado con ribetes dorados se me acerca.
Me alcanza un libro antiguo con las hojas amarillentas
Y carcomidas por el tiempo,
Sus dimensiones me recuerdan el catecismo
y las ediciones de Populibros.
Me pide que le escriba algo en la portadilla,
Que se lo dedique.
Pregunto su nombre y enuncia algo que suena como un kirtan
Y en un diploma en pergamino,
Escrito en un alfabeto desconocido,
Se adivina “Nabud Ismael”,
Mas su pronunciación es completamente disonante.
Yo ensayo una dedicatoria memorable,
Empiezo a escribir, pero el papel está húmedo
y la pluma no mancha,
Así paso al frontispicio y culmino con una rúbrica fluida
Mientras comento en voz baja:
Venimos de planetas distintos, giramos en órbitas similares,
Habitamos la misma galaxia, ¿no seremos primos?
Y pienso para mis adentros,
Mi nombre no es tan sonoro
Como el suyo.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

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septiembre 30, 2019 at 7:11 PM

El patio de las esculturas

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El patio de las esculturas se extiende sobre el arenal y dunas aledañas.
Modelo simultáneamente tres esculturas de envergadura mayor.
Intercambian información entre ellas y así van creciendo.
Los visitantes transitan silenciosos por el amplio patio,
Miran de soslayo, muestran interés, pero se mantienen mudos.
Me concentro en una de las obras,
Un hombre esculpido en cemento gris,
Con parches de colores blanco y negro,
Inclinado, al estilo de El pensador de Rodin.
Trabajo rápidamente con espátula y badilejo,
Unto cemento, agua y arena.
Cerca de la finalización de la obra, ésta cobra vida,
Se incorpora y se echa a andar,
Aduce que es tiempo de volver a casa, me agradece
Y camina con ímpetu y seguridad hacia la calle 496.
La miro desaparecer en la neblina
Y continúo esculpiendo otras figuras
Que esperan su turno.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

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septiembre 30, 2019 at 7:08 PM

Mina y el castillo amarillo

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En el piso más alto del castillo amarillo,
Hecho de piedra calcárea
Y madera de pino Oregón,
Está Mina, con su delantal blanco,
Cocinando para una multitud
Que está por llegar.

Me aproximo al castillo en ruinas
Y desde mi puesto de vigía
La veo ocupada en su diario quehacer.
Mientras trabaja escucha en la radio
La disertación del Maestro
Sobre la naturaleza del Ser.
Decido no interrumpirla,
Doy media vuelta y me echo a andar.

Ella, desde lo alto,
Nota mi presencia y baja a mi encuentro,
Llena de entusiasmo y expectativa, pregunta,
“¿Qué es lo que hay que entender?”

Tras una pausa en que me cargo de cielo,
Respondo,
“No hay nada que entender,
Sólo permite que el rayo de luz
de silencio infinito,
Que baja desde lo alto,
Pase a través de tu cuerpo
Llenándolo todo”.
Y añado,
“Regocijarse en el hecho
de estar vivos”.

Me mira con infinita ternura.
Sabemos que estamos unidos y suspendidos
En una aureola dorada sin límite y frontera.

Arriba, por la radio se oye
La voz del sabio que sigue
Disertando sobre la naturaleza infinita
Y atemporal de la Consciencia.
Me dirijo a Mina y le digo,
“Escucha al iluminado,
La Verdad está ahí expuesta
Con claridad y belleza.
Síguelo,
Él articula la Enseñanza
Con elocuencia mayor”.

Dejo de hablar y me marcho
Por el sendero de flores
Hacia la Realidad
de mi torre de vigilancia.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

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septiembre 30, 2019 at 7:04 PM

El gigante gris

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En la cueva sin número y letra,
La preferida por los arqueólogos,
Prosiguen los trabajos de excavación
Y, la mitad del sopor de la tarde,
Entran en un receso temporal.

Sobre un montículo de arena, ceniza y tejidos
Yacen los restos de un gigante de tres mil años de antigüedad;
Se encuentran en perfecto estado de conservación,
Pareciera haber muerto ayer.
La piel lozana es grisácea,
La cabeza calva y en forma de cono truncado invertido,
El rostro liso carece de facciones.
No obstante el tiempo transcurrido,
Su talante denota solemnidad y nobleza.
Me aproximo con cierta curiosidad científica y
Contrasto mi fémur contra el suyo
Para comprobar que son de longitudes equivalentes.

Xelia, que está desnuda en la cueva,
desaprueba mi accionar con la mirada,
La considera una profanación.
Yo desafiante, me río como un niño
Y me tiendo sobre ella lamiendo sus pechos turgentes
Tal como el primer hombre hizo con la primera mujer.

El mundo colapsa, la luz y la oscuridad,
La música y el silencio,
La estrella y la bacteria,
Lo singular, lo plural,
Todo se reúne en la celebración de los cuerpos
y las almas.
Al lado, el gigante gris yace yerto.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

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septiembre 30, 2019 at 6:58 PM

Los audífonos verdes

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Marión Zerep llega en una noche estrellada
Guiado por no sé qué designios.
Ha escuchado desde su país remoto que
Yo he recibido unos audífonos verdes
con propiedades únicas:
Permiten escuchar de manera directa
A los grandes maestros de todos los tiempos
Sin interferencias ni errores de traducción, menos aún publicidad.
Él no sabe que me los pasaron secretamente en un tren
En Faro, Portugal, mientras miraba el mar distraídamente.

Zerep está obsesionado con Ramana y Nisargadata,
Quiere comunicarse con ellos,
Mas ignora que a cada quien le corresponde, en su momento,
Audífonos de un color particular, señalado por el ascendente
y otras variables determinadas en su carta astral
Y que, además, son intransferibles.

Le explico la situación y parece entender.
Por el momento debe resignarse a pasar la noche
En la posada y orar hasta el amanecer,
Con la esperanza de que sus caballos se recuperen
Y continuar mañana su viaje a Normandía,
Donde le esperan audífonos correspondientes
A su mérito y nivel.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

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septiembre 30, 2019 at 6:52 PM

Los curadores

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Nos encontramos en el centro, en el Café Zela.
Rodeados de libros, periódicos y revistas
Nos enfrascamos en el análisis de autores metafísicos,
Hablamos del Tratado de Universos Paralelos,
Los poemas de Adán, Sólo para Locos…
Visten trajes grises gastados, con solapa de gamuza negra,
Camisa blanca sin corbata, sombrero y anteojos para lectura.
Uno lleva un cartapacio, el otro un maletín viejo de cuero.
Versados en lenguas muertas, cosmología,
Historia del arte y otros misterios,
Trabajan para el Museo del Rayo Santo, anexo al templo
del Convento Central de los Místicos Descalzos.
Como dato de interés debo mencionar que nunca han salido
Del país y trabajan a tiempo completo
Y dedicación exclusiva para el Museo.
Ignoro si han visto mi trabajo en algún lugar
Y cómo lograron ubicarme.
Parecen estar interesados en mis dibujos y poemas.
Yo busco mi tarjeta de presentación y no la encuentro,
Arranco un pedazo de un diario y apunto su teléfono,
49-2706-222-2. Me corrigen, la última cifra es 3.
Les pregunto sus nombres, el decano responde, Fidel Arias,
Y salen a perderse entre los transeúntes y el bullicio de Lima.
Yo corro y trato de alcanzarlos para darles mis señas,
Mi sitio en la Red y así tengan acceso a mis cuadros.
Grito, “Fidel, Fidel”. Cerca de la estación de Desamparados
Se detienen, en los arcos y la fuente de agua,
Les pido que anoten mis datos,
Y sin hablar me comunican que exhibirán mi obra en el templo,
Mas no precisan fecha,
Dicen que es lírica y musical,
Será una muestra retrospectiva, musitan.
Siguen caminando hasta recluirse en el silencio del convento.
Al ver que se alejan pienso que son personajes de Hesse o Sábato,
También me recuerdan a Miguel Combe y a Sancho,
Pero al doblar la esquina de regreso a mi piso y
Caigo en cuenta que se trata de dos arcángeles.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

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septiembre 30, 2019 at 6:47 PM

Pedro Luna y los buzones

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Recorro el malecón de sur a norte en mi bicicleta roja.
La brisa roza mis mejillas encendidas.
Me detengo en la batería de buzones de correo
Frente a la arena sepia y el mar encrespado.
Busco la llave del 1817 para recoger el encargo del Mayor,
Y descubro que mis tarjetas de presentación
Han desaparecido. Carezco de identidad.
Reviso la cartera y veo que está casi vacía,
No tengo dinero.

Una camioneta caminera se estaciona frente los buzones,
Un tipo con uniforme caqui, cristina, y galones en los hombros
Se me acerca con decisión militar y una amplia sonrisa.
Adivino su rostro y enuncio su nombre con euforia:
¡Pedro Luna!
Nos unimos en un abrazo cerúleo.

¿Cómo me ha reconocido después de tantos años?
Su rostro no ha envejecido, pero le ha crecido un bulto
A la altura de la sétima cervical.
Acuño una frase trillada y le digo,
“Estás igualito que antes”,
Él responde, “hasta el que viste de negro me dice lo mismo”,
Recoge unas cartas y se aleja por la vereda
Que discurre paralela a la arena y el mar.

 

©Fernando Osorio Zumarán, 2019

Written by textored

septiembre 30, 2019 at 6:43 PM